Clientecentrismo: qué es y porque no es lo mismo que “obsesión por el cliente”
Decir que estás centrado en el cliente no cambia nada si tu empresa no está diseñada para eso. Qué distingue al clientecentrismo de un buen discurso corporativo.
Casi toda empresa dice estar centrada en el cliente. Está en la misión, en la inducción de los nuevos colaboradores, en la presentación de resultados de fin de año. El problema es que decirlo no cambia nada por sí solo.
Peter Fader, profesor de Wharton y uno de los autores que más ha estudiado el tema, lo plantea sin rodeos en Customer Centricity: la mayoría de las empresas que se declaran centradas en el cliente en realidad no lo están, porque su estructura, sus métricas y sus incentivos siguen organizados alrededor del producto. El discurso cambió antes que el diseño.
Puedes tener un equipo genuinamente comprometido con tus clientes y, aun así, no tener ningún mecanismo real que convierta esa preocupación en una decisión de negocio. Ahí está la diferencia entre una actitud y un diseño organizacional. Esta diferencia vale la pena tomarse en serio, porque es la que separa a las empresas que sostienen una buena experiencia de las que solo lo declaran.
Una cosa es la actitud, otra es cómo está armada la empresa
Se escucha mucho decir cosas como “Estamos obsesionados con la experiencia el cliente” o “Nuestra mayor preocupación es la experiencia del cliente”, pero esto describe una disposición: gente motivada, un gerente convencido, un discurso que se repite en las reuniones. Si bien es necesario, no alcanza. Incluso Amazon, que popularizó el término como uno de sus principios de liderazgo, no lo sostiene con voluntad, sino con procesos y estructuras concretas como el working backwards (diseñar cada producto redactando primero el comunicado de prensa que lo anunciaría, obligando a definir el valor para el cliente antes que la solución técnica). La “obsesión” es una etiqueta, pero la mecánica es lo que realmente produce el resultado.
Sheth, Sisodia y Sharma, en un artículo ya clásico del Journal of the Academy of Marketing Science, hacen una distinción parecida: una orientación genuinamente centrada en el cliente no es un valor declarado, es una forma de organizar la cadena de decisiones de la empresa, desde cómo se asignan los recursos hasta cómo se mide el éxito de cada área. Cuando esa reorganización no ocurre, la orientación al cliente queda como intención sin correlato operativo.
El clientecentrismo pregunta por eso. No “¿nos importa el cliente?”, sino:
- ¿Qué información sobre el cliente llega efectivamente a quien toma las decisiones?
- ¿Con qué frecuencia llega, y en qué formato?
- ¿Existe algo que cierre el ciclo entre lo que el cliente dice y lo que la empresa hace al respecto?
- ¿Hay alguien responsable de la experiencia completa, o está repartida entre marketing, atención al cliente y operaciones sin que nadie tenga la foto completa?
Son preguntas de diseño, no de cultura. Una empresa puede resolverlas perfectamente sin mencionar la palabra “cliente”. Y puede fallar en todas ellas mientras repite el discurso correcto puertas afuera.
El diseño organizacional no es un detalle menor
Jay Galbraith, uno de los autores de referencia en diseño organizacional, propuso hace más de cuatro décadas un modelo que sigue siendo útil hoy: una estrategia solo se vuelve real cuando se alinean cinco elementos:
1. La estrategia misma.
2. La estructura.
3. Los procesos.
4. Las personas.
5. El sistema de incentivos.
Si alguno de estos elementos no está alineado con la estrategia declarada, la organización termina comportándose distinto de lo que dice ser.
Aplicado al “clientecentrismo”, esto significa que una empresa puede tener la estrategia correcta (“vamos a poner al cliente al centro”) y no cumplir con ella.
Algunos ejemplos:
- La estructura organiza a la gente por producto o por función, no por segmento o journey de cliente.
- Los procesos de decisión no incluyen ningún punto donde la voz del cliente entre a la conversación.
- Los incentivos siguen premiando volumen de venta o cumplimiento de presupuesto, no experiencia ni retención.
- Las personas que deberían tener autonomía para resolver un problema de cliente no la tienen, porque nadie rediseñó su rol para dársela.
Ninguno de estos cuatro puntos se arregla con más compromiso. Se arreglan rediseñando la organización.
Por qué a veces “no lo vimos venir”
Hay un fenómeno que lo he visto en diversos estudios a lo largo del tiempo: empresas que se consideran centradas en el cliente y que de todas formas son sorprendidas por una fuga no anticipada. No es que a nadie le importara. Es que la empresa no tenía forma de ver la señal a tiempo.
Piénsalo así: una organización solo puede reaccionar a lo que sus propios instrumentos le permiten percibir (no puedes ver lo que no puedes ver, ni ver que no estás viendo - Luhmann). Si el único instrumento es una encuesta de satisfacción una vez al trimestre, literalmente no hay forma de detectar lo que pasa entre una medición y la siguiente. En el fondo faltan mecanismo que traduzca lo que el cliente vive en algo que la organización pueda accionar a tiempo, con la frecuencia y el instrumento que corresponden a su contexto.
De la intención al modelo
En ADALAB (y personalmente) la pregunta de partida nunca es “¿qué tan centrados en el cliente están?”, sino algo un poco más incómodo: “¿Cuál es la mecánica y estructura que sostiene tu modelo de clientecentrismo?”.
Esta es la lógica que usamos en los procesos de diagnóstico: Entender el modelo de madurez organizacional cliente-céntrica: en lugar de preguntar qué tan comprometida está una empresa con sus clientes, evaluamos si existen las capacidades concretas que hacen posible actuar sobre esa intención: dirección estratégica que sostenga las decisiones difíciles, cultura que instale el hábito en el día a día, procesos de cierre de ciclo, e inteligencia organizacional capaz de convertir datos en decisiones. El compromiso sin esas cuatro capacidades produce discurso. Con estas ya desarrolladas produce clientecentrismo real.
Un ejercicio simple para partir
Antes de pensar en qué mejorar, vale la pena auditar lo que ya existe. Tres preguntas concretas, sin necesidad de ningún instrumento externo:
1. ¿Qué instrumentos de medición usas hoy y con qué frecuencia se activan? No qué encuesta tienes disponible, sino qué tan seguido produce una señal que alguien efectivamente revisa.
2. ¿A quién le llega esa información, y en qué formato? Si la respuesta es “a un dashboard que casi nadie abre”, la información existe, pero el mecanismo no.
3. La última vez que un cliente reportó algo, ¿qué cambió realmente en la operación como consecuencia? No qué se prometió cambiar. Qué cambió estructuralmente.
Si la última respuesta es “nada” o “no sabemos”, el problema no es de actitud. Es de diseño. Y ese es el punto de partida real.
Este es el primero de una serie sobre clientecentrismo. El siguiente artículo aborda cómo medir, en concreto, la distancia entre lo que una empresa promete y lo que el cliente realmente percibe.